sábado, 2 de julio de 2011

02 - 07 - 11

Soy complicada, diferente, exigente, difícil de comprender y de tratar; lo sé y vivo con ello, a fin de cuentas, no me queda otra.

Tengo sólo diecinueve años y he aprendido tres verdades fundamentales sobre esta vida:

- Nada es eterno.

- La confianza se consigue luchando, no esperando.

- Todo tiene un precio, y no se paga necesariamente con dinero.

Realmente me paro a pensar las cosas demasiado, o eso me dicen a diario; quizá sea verdad, pero esto no es sino un defecto o virtud más que añadir a la lista de todo lo ya dicho. Se me permita o no ser sincera, hay algo que debo decir. Siempre, y como todos supongo, he querido ser capaz de dejarme llevar sin pensar ni mínimamente (cosa que, guste o no, hago siempre incluso en mis decisiones más impulsivas) y hacer cualquier cosa que mi cuerpo, mente y alma me pidan. Simplemente, concederles un pequeño capricho en compensación de todo el trato, bueno y malo, que me hayan dado y yo les haya hecho pasar, respectivamente.

Sí, sería genial… pero esa maldita voz de mi cabeza no me lo permite.
“Tienes que pararte un momento y mirar atentamente a tu alrededor. Si no consigues apreciar nada fuera de lo normal con tus ojos, ciérralos y deja que tu instinto te guíe. Escúchale atentamente… ¿Qué te dice? Hay un fallo muy evidente ahí fuera, ¿verdad? Pues no te quedes ahí como una boba y busca la solución al problema; si ahí ya consigues zanjar el asunto, entonces sigue y desmelénate.”

Pero las preguntas que yo siempre le hago a esa vocecita es:
“Vale, perfecto, ¿pero y si no consigo arreglarlo? ¿Vas a estar diciéndome constantemente lo mismo una y otra vez hasta que solucione todos los problemas que me rodean? ¿Crees que soy Dios y de este modo voy a arreglar todos los problemas del mundo? ¿Por qué no me dejas tranquila una maldita noche? ¿Por qué no permitir, mañana si eso, al destino que decida sobre qué me depara y, entonces, me aconsejas más descansada?”

Pero nunca me contesta. Sólo se dedica a seguir parloteando, como si mi opinión no le importase lo más mínimo y, lo que dice, fuese lo único que debiere hacer.


Lady Yцϰєα

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