No hubo respuesta.
-¡¡¡JODER!!! REACCIONA, ¡¡¡¡MALDITA SEA!!!!
La zarandeó de un lado a otro; pero ella no podía pronunciar sus pensamientos, su voz estaba apagada, sus ojos no dejaban de llorar y su cuerpo ya no era capaz de tenerse en pie. La soltó y cayó al suelo.
"Joder... ¿por qué no puedo reaccionar? ¿Qué me está pasando...?"
- Dí algo... lo que sea... -musitaba mientras él también comenzaba a llorar- ¡Por favor!
"Yo... no puedo... no sé... no..."
Entonces sonó su teléfono. Delcolgó y permaneció a la espera de ser capaz de pronunciar un mísero hola... pero seguía sin ser capaz de pronunciar palabra alguna. Al otro lado del teléfono se oía una voz:
- Sé que no quieres saber nada de mí; pero por lo menos me gustaría que me escuchases y poder decirte lo que pienso y siento y...
Ella decidió que no quería saber absolutamente nada más; pero tampoco sabía cómo conseguirlo. Alzó la vista, tiró el móvil, apartó al muchacho que estaba con ella y se dirigió a la azotea.
Atardecía. El firmamento se llenaba de una bella combinación de cálidos colores; esa iba a ser la manta que envolvería a la joven. Así pues, botella en mano, se sentía derrumbada, sin ánimo ni gana de moverse, simplemente quería beber hasta olvidar su propio nombre... no podía costarle mucho, siempre había sido vulnerable al alcohol.
"No se está tan mal. Supongo que, en realidad, lo único que necesito es estar sola."
Oyó una voz distante a la par que cercana; como si una persona allá a lo lejos estuviese gritándole algo y el mensaje llegase como si de un tierno susurro se tratase. Trató de levantarse para comprobar qué era aquel sonido; pero sus piernas le fallaron y cayó al suelo.
Volvió a intentarlo, sin éxito.
- ¿Necesitas ayuda?
Se sorprendió, derramó la botella y buscó al propietario de esas palabras; era la voz, de un joven. No estaba tan lejos como pensó; pero sí era mucho más tierna de lo que al comienzo le pareció...
- Tranquila, no voy a hacerte daño. Puedes fiarte de mí.
La observó detenidamente, en espera de una respuesta. Al comprobar que no hacía señal alguna, el joven decidió sentarse con ella y esperar.
La noche inundó el cielo y las estrellas acudieron a curiosear, la luna estaba demasiado ocupada escondiéndose del sol. Por fin, ella rompió el silencio:
- He perdido a la persona que me enseñó cómo vivir la vida... y aún no sé cuál es el final de la lección.
- Esta vida -dijo el joven mientras se quitaba su cazadora para arroparla-, no es más que un camino que llenamos de errores o, como prefiere decir la gente, experiencias cuya utilidad es redirigirnos al camino que debemos recorrer.
>>No tienes que preocuparte por lo que has perdido, ni por lo que te ha salido mal; sino que has de buscar tus errores, intentar enmendarlos y, tanto si se puede como si no, seguir adelante procurando no volver a vivir esas experiencias.
- ¿Tú dirías que, al final, todo irá bien?
-Sí. Porque al final, y sólo al final, las cosas se solucionan. Ahora has perdido a esa persona; pero lo que te enseñó sigue ahí y tú misma puedes decidir cómo acabar el libro que has comenzado a escribir... a fin de cuentas, eres la protagonista.
Se hizo el silencio, ninguno de los dos quería moverse del lugar. Ella comprendió que debía empezar a pensar en sí misma, a ser feliz, a perseguir sus sueños; pero, sobre todo, entendió que la tristeza no era buena compañía y sonrió tímidamente, él se percató de aquello y la abrazó, como promesa de que no iba a dejarla tirada... y nunca, nunca, faltó a su promesa muda.